F. FUSTER
Uno de los aspectos más desconocidos de la política de Obama es su propuesta económica. De él se destaca su carácter conciliador, su retórica cautivadora y su intento de superar la división política y el enfrentamiento entre republicanos y demócratas que ha polarizado a la sociedad estadounidense, tratando de unir al país en un proyecto común. Sin embargo, sabemos muy poco sobre su plan económico para sacar al país de la recesión económica que vive, con una acuciante crisis inmobiliaria y un lastre tremendo, como el del enorme gasto que ha supuesto -y supondrá- la guerra de Irak y la política exterior de George W. Bush.
En el centro de la política económica de Obama se sitúa claramente una idea: mejorar el nivel de vida de la clase media norteamericana, a la que considera como el verdadero motor del país y de cuyos hijos depende en gran parte, mantener vivo el mito del sueño americano. Para esto propone un nuevo contrato, una reedición del New Deal propuesto por Franklin D.Roosevelt, para que a través de un intenso programa de reformas económicas y sociales, se redistribuyan mejor y más equitativamente las riquezas de un país con enormes recursos.
A Obama le preocupan especialmente los efectos negativos provocados por la globalización y por ese ´Mundo plano´ (flat World) del que habla Thomas Friedman. Unos efectos económicos que acrecentados por la nefasta política de la Administración Bush, habrían conducido a la actual situación que vive la economía norteamericana, en la que la polarización entre ricos y pobres no hace más que aumentar.
Denuncia el candidato demócrata que el programa económico del Partido Republicano durante los últimos años ha consistido en contínuas bajadas de impuestos -que han beneficiado a los sectores económicos más potentes, pero no a las clases medias-, congelación de salarios, privatización de los servicios públicos y confianza en la inversión privada y el laissez faire.
Falló la ´destrucción creadora´
En teoría, la propuesta del presidente Bush -según Obama- era reducir la intervención del gobierno a la mínima expresión y confiar en la propia dinámica del capitalismo y la autorregulación del mercado, encomendándose a Schumpeter y a su célebre teoría de la ´destrucción creadora´. La bajada de impuestos debía llevar consigo la contención del gasto público, pero es aquí donde ha fallado la ecuación, puesto que las partidas presupuestarias destinadas a intereses especiales han aumentado según Obama en un 64% desde que Bush accedió al cargo.
Además, la subida de los precios y del coste de los seguros sanitarios han hecho que, según el demócrata, la tasa de ahorros personales de los americanos sea la más baja desde la Gran Depresión.
Como en todo su discurso, Obama trata de conciliar en su política económica dos planos aparentemente contrapuestos. Por una parte, acepta el predominio de la iniciativa privada como esencia misma del liberalismo económico que define la identidad americana. Sin embargo, defiende con igual vehemencia la responsabilidad interventora del gobierno, de tal forma que éste debe llegar con sus inversiones allí donde la empresa privada no puede o no quiere llegar por sí misma.
De esta forma, el modelo económico que propone Obama está basado en el equilibrio entre interés propio e interés comunitario, entre mercado y democracia. En este sentido, el senador alude siempre a unas esclarecedoras palabras de Lincoln que toma como guía: "Haremos colectivamente, a través de nuestro gobierno, sólo aquellas cosas que no podamos hacer tan bien o no podamos hacer en absoluto, individual y privadamente".
Ante esta perspectiva, Obama propone lo que propuso Roosevelt en su día, un nuevo pacto social, un trato en el que participen el gobierno, las empresas y los trabajadores. Le preocupan especialmente los trabajadores, la gente de clase media, olvidada por Bush y perjudicada por la globalización, la automatización de los procesos y la deslocalización industrial que ha hecho que muchas industrias americanas se hayan establecido en países extranjeros (México sería un ejemplo claro), donde los salarios son más bajos.
Para estas familias de clase media, Obama propone una mejora del nivel de vida y de los salarios, mayor facilidad para acceder a la Seguridad Social -los programas Medicaid y Medicare-, mejores condiciones para los créditos hipotecarios y una mayor cobertura federal en caso de bancarrotas o impagos. A todo esto, hay que añadir la preocupación de Obama por el ascenso de China y la India, esas dos futuras superpotencias llamadas a competir en un futuro muy corto con los Estados Unidos por liderar la economía mundial.
En esto consiste a grandes rasgos el programa económico de Obama, un programa discutido que ha generado todo tipo de reacciones. En España, por ejemplo, se tiene a Obama por un político progresista y de izquierdas, en contraste con la imagen que tenemos de un Bush ultraconservador. Ahora bien, situada en su contexto -el de un Partido Demócrata que aspira a gobernar el país después de ocho largos años-, la política económica de Obama no es del todo liberal. Es la propia de un demócrata que aspira a la Casa Blanca, con unos aspectos más progresistas -sobre todo aquellos referidos a la educación, sanidad y salarios para las clases medias- y otros más conservadores, entre ellos su proteccionismo total en materia de comercio exterior.
Barack Obama será el candidato demócrata para las presidenciales de noviembre, donde le espera ya el republicano John McCain. Esa será otra historia. Ahí veremos quizá otra imagen distinta de Obama, una imagen que deberá ser de mayor firmeza y determinación. Se enfrentarán entonces dos modelos económicos distintos, dos concepciones disímiles de un mismo país y dos diferentes formas de interpretar en qué debe invertir el dinero y todo su potencial económico el país que a día de hoy sigue dominando y marcando la pauta de la economía mundial.