F. FUSTER
El pasado 4 de enero de 2008, muchos europeos -entre ellos españoles y valencianos- descubrieron la existencia de Barack Obama cuando vieron en las noticias que este joven senador afroamericano había ganado las elecciones en los caucuses del Estado de Iowa, primera cita en la carrera para convertirse en candidato del Partido Demócrata a la presidencia de los Estados Unidos. Desde entonces y hasta hoy, todos los días hemos tenido nuestra ración de Obama en televisión, radio, prensa escrita e Internet. Ha servido para que nos hagamos una idea de quién es este futurible presidente. El problema es precisamente ése, que mucha gente sólo conoce una imagen, un dato concreto, una frase cogida al vuelo -"si hombre, Obama, el del yes, we can"-, un retrato distorsionado en definitiva, producto de la variedad de opiniones y juicios -la mayoría desinformados e indocumentados- que sobre este personaje han vertido analistas políticos, periodistas y todólogos (sí, los que opinan y entienden de todo) de nuestro país, puesto que todo el mundo ha querido opinar sobre Obama o, mejor dicho, sobre lo que ellos creen que es Obama.
Son contadas las personas que han leído sus dos libros, escuchado sus celebrados discursos o se han tomado la molestia de visitar la web de su campaña para saber qué es lo que plantea el candidato en realidad, leer lo que él piensa sobre los problemas de los Estados Unidos, cómo los afronta y qué soluciones propone. En vez de esto, mucha gente -salvo las excepciones que confirman la regla- se conforma con la superficie, con ver los dos minutos diarios que le dedican los informativos de la televisión o leer lo que dicen los periódicos españoles, que se limitan a dos tipos de contenidos: declaraciones del propio Obama hechas en determinado contexto (que casi nunca se explica) o noticias que se hacen eco de lo que dice la prensa americana. De análisis político propio, elaborado y argumentado, nada.
El resultado de este mecanismo informativo es tan absurdo como inocuo. Si ya es difícil para un estadounidense formarse un criterio (dependiendo del periódico que lea le dirán que Obama es una cosa o la contraria), resulta sorprendente tratar de debatir sobre lo que creemos que es Obama o sobre lo que nos ha dicho nuestro vecino que han dicho de él en la tele. Si me permiten el símil platónico, me atrevo afirmar que somos como esos prisioneros de la caverna condenados a ver sólo sombras, imágenes difusas de una realidad que nunca conoceremos. Hace falta dar ese primer paso, librarse de los estereotipos y salir de la caverna para dejar al margen los clichés propios del argot periodístico y crearse un criterio propio, cada uno en la medida de sus posibilidades. La otra opción es seguir como estamos: fiarse de lo que nos cuentan y quedarse en la superficie, confundiendo la imagen que se nos vende de Obama -la sombra que reflejaban los objetos del mito- con el discurso real de su política.