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OPINIÓN 
MARGEN IZQUIERDA

RAMIRO REIG Los 10 mandamientos

 
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Hay que ser buenos, portarse bien y dar buen ejemplo. Las escuelas de negocios más prestigiosas del mundo andan preocupadas con este asunto, que antes sólo quitaba el sueño a los curas, y han elaborado códigos de conducta para que las empresas sepan a qué atenerse. La Responsabilidad Social Corporativa se ha convertido en el tema estrella de masters y seminarios con ponentes internacionales de primera fila. Bancaixa, al tanto de lo que se cuece en el mundo, ha creado una fundación, Etnor, para que elabore doctrina sobre esta apasionante cuestión.

Las empresas tienen que ser respetuosas con el medio ambiente, se acabaron los vertidos tóxicos, la emisión de gases, los productos contaminantes. Todavía hay petroleras o industrias químicas que no se han enterado, pero la religión verde cuenta cada vez con más adeptos entre las grandes corporaciones que aparecen ante la audiencia rejuvenecidas y con aire de boy scouts.

Por supuesto, me parece muy bien. Lo que me deja perplejo es el resto de preceptos de los famosos códigos de conducta: cumplimiento de los contratos, transparencia contable, veracidad informativa, no utilizar información privilegiada, no practicar el soborno y el cohecho, no abusar de posición dominante, etc. No pongo en duda que estos preceptos sean muy convenientes para el buen funcionamiento del mercado, pero, exprimido el limón, toda la retórica sobre las buenas prácticas empresariales se reduce a ´no robar´ y ´no mentir´. No es poca cosa, tal como está el patio, pero tampoco es para presumir.

Lo más llamativo de la Responsabilidad Social Corporativa predicada por los gurús de las business schools es la ausencia de quienes hasta hace unos años se consideraban principales actores de lo social, los trabajadores. Aparecen los accionistas, los consumidores, los proveedores, los competidores, pero los trabajadores brillan por su ausencia. O han dejado de existir o las empresas no tienen ninguna responsabilidad sobre ellos.

La cuestión social

Sin embargo, a lo largo de todo un siglo (de 1870 a 1970, por poner una fecha) la búsqueda del equilibrio entre capital y trabajo fue la principal preocupación de las sociedades capitalistas. La cuestión social ocupó el centro de las todas las agendas políticas, de conservadores y liberales, de Bismarck a De Gaulle. La responsabilidad social no consistía entonces en regar las flores y enriquecer al accionista, sino en que los trabajadores vivieran decentemente.

Un cierto número de empresarios asumieron esta responsabilidad y, en unos casos de forma paternalista e interesada, en otros de manera ejemplar, se preocuparon de mejorar las condiciones de vida de sus trabajadores. Sin ir muy lejos, Hidroeléctrica y la Caja de Ahorros de Valencia –antes de Bancaixa y de Etnor– tenían salarios notablemente más altos, más pagas extra, y aseguraban la promoción interna (como puede leerse en la autobiografía del que fuera su director, Emilio Tortosa). También había códigos de buenas prácticas corporativas, pero eran muy distintos a los actuales.

"Pero bueno" –me susurra cautamente al oído el defensor del lector– "¿a qué vienen estas historias del siglo pasado con la que está cayendo?" Pues vienen a cuento de que la crisis que padecemos no sólo se debe a haber infringido los códigos de buena conducta sino a haberlos cumplido con exageración beata. O sea, que no es culpa sólo de los malos, sino también de los ´buenos´. Es evidente que ladrones y mentirosos, como Madoff o los dirigentes de Lehman, han hecho estallar la crisis, pero ésta se venía gestando en el sometimiento de los managers y empresarios al paradigma de la financiarización.

Guiadas por la idea ´suprema´ de que su deber era generar valor para los accionistas, grandes empresas han vendido activos, realizado fusiones disparatadas y despedido a miles de trabajadores con la bendición apostólica de los moralistas de las escuelas de negocios más prestigiosas. Tal vez ha llegado el momento de revisar los códigos éticos que han justificado tales comportamientos.

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