Comenzó esta historia en una cafetería de la calle Moratín de Valencia. Con vocación de molestar al poder y a los poderosos, que es la esencia de algún tipo de periodismo en vías de extinción. Nunca tanto como alcanzó a conseguir Günter Walraff con su "periodista indeseable". El alemán se disfrazaba de turco y se sumergía en las fábricas obreras, denunciando el embrutecimiento de determinadas profesiones; el racismo latente en las tanto psicoanalizadas tierras germánicas. Tuvo problemas legales. Se enmascaraba. Modificaba su identidad para sacar a la luz información sobre el cínico funcionamiento de los grandes grupos empresariales, tan pendientes de las cuentas de resultados. La máscara de esta articulista no ha tenido vocación de ocultar nada. Simplemente obedecía a la necesidad de concentrar en una única marca dos almas distintas hasta crear un personaje con vida propia. De ordenar la esquizofrenia. De canalizarla hacia la creación y la expresión de opiniones entendida desde la absoluta libertad que nos daba nuestra Cruz y nuestra Sierra. Alguien me dijo una vez: "Otra cosa no, pero periodista sí que es". Así ha ido alternando sus dos plumas Araceli Cienfuegos.
Era otra época. La de las vacas gordas. La que nos hacía parecer más ricos de lo que en realidad éramos. La del exceso dorado a golpe de recalificación. La de las batallas internas entre campsistas y zaplanistas. La de la sucesión de contiendas electorales y procesos congresuales internos. La época en la que las buenas cosechas camuflaban las miserias, que ahora van quedando al desnudo. Daba igual. Populares y socialistas. Consell, Gobierno y oposición. Organizaciones humanas que como tales comprenden grandezas y mezquindades. Esa era la intención desde el principio: separar el grano de la paja. Levantar el telón para hacer comprensible el cada vez más inextricable lenguaje de la política. Descubrir las segundas intenciones. Combatir los tópicos. Llevar la contraria por sistema, como propugnaba Bukowski, a sabiendas de que la ausencia de influencia real y la escasa audiencia sólo podían combatirse ofreciendo visiones alternativas a lo políticamente correcto, tan extendido en el universo mediático. La de convertir en humanos a los dioses o endiosados, que finalmente es lo que son. Al fin y al cabo todos somos nada. Y quien piense lo contrario se equivoca.
Ahora se inauguran nuevos tiempos. Es la era de los ajustes, más o menos finos. Más o menos gruesos. La era de la melancolía. Lo llaman saneamiento. Destruir para crear, dicen. El proceso de destrucción creadora es el hecho esencial del capitalismo, sostiene Schumpeter, que ahora está muy de moda. Como soy de letras no termino de entenderlo. O no quiero. Pero seguro que obedece a alguna lógica. Económica y de mercado, en este caso. Habrá que esperar algún tiempo para un nuevo renacimiento.Y, mientras tanto, yo me iré con mis cuentos a otra parte. O a ninguna, que decía Benedetti. Ya veremos. Estuvo bien mientras duró.